jueves, 29 de agosto de 2013

Capítulo uno.

Lunes. 6:30 de la mañana. Suena mi despertador. Me levanto de mala gana y voy directa a desayunar al salón. Sólo veo a mi madre, claro, mi padre se ha ido ya ha trabajar.

Mamá: Buenos días ____. -me sonríe y hago lo mismo.
Yo: Buenos días... -me siento en un lado del sofá y comienzo a comer galletas.
Mamá: Hoy es Lunes...
Yo: Sí, mamá, yo también te quiero, gracias por recordármelo.
Mamá: Ay hija tampoco seas así.

Termino de desayunar y me levanto para irme directa a mi cuarto. Era invierno y sabía lo que ponerme. Vamos, lo típico. Sudadera ancha, vaqueros largos, unas Vans azules y un gorro amarillo de lana. Me vestí y fui al baño. Me aseé, cogí mi mochila y me fui sola al instituto. Mejor dicho, al infierno. Sé que muchos dirán que sí, que es típico que le digamos que es un infierno, pero es que yo lo paso mal. Tremendamente mal. Para que os hagáis una idea, yo no me meto en peleas, soy la ignorada de prácticamente todo el mundo y lo peor es que me insultan o me pegan sin saber nada de mi. Creo que lo hacen por diversión propia. Llegué a la puerta principal y entré con la cabeza gacha, como siempre. Entré a clase muy callada. Llegué la primera. No tardaron mucho en llegar el profesor y los demás.

Raúl: ¡Mira! ¡La calva! -bromeó hacia mi entre risas. Me llaman calva porque llevo gorro y se creen que debajo de él no hay pelo. Pero hay.
Simón: Que buena tío, pero... ¿Tú la has visto de cerca? Más fea imposible.
Rafa: Miradle. Parece una pobre.
Profesor: Sentaos. -hicieron caso todos- Tengo que anunciaros algo: Tenemos un nuevo compañero.

Mierda. Mierda. Mierda. Esto no por favor. Otro chico más que se meta conmigo no, por Dios.

Ángel: ¿Y cómo se llama?
Profesor: Carlos. Adelante. -se dirigió a abrir la puerta y entonces pasó un chico rubio, con un gorro amarillo también. Nada más entrar, me miró muy sonriente, supongo que por mi gorro- Por favor... Procede.
Carlos: Bueno, a ver... Me llamo Carlos, tengo 19 años, soy de Alicante, soy rubio evidentemente y bueno... No sé que más decir. -sonrió.
Profesor: Con eso nos basta, toma asiento donde quieras.
Carlos: Gracias.

Caminó hacia el fondo de la clase. Al llegar, se detuvo y se sentó a mi lado. Mierda. ¿De verdad quieres sentarte aquí? ¡Con lo bien que llevo eso de estar sola y sin amigos!

Carlos: Hola... -sonrió.
Yo: Hola. -le digo borde.
Carlos: ¿Qué te pasa?
Yo: Supongo... Que en el recreo lo descubrirás.

Se quedó pensativo pero no contestó. Pasaban las horas de clase y ahora... El recreo. Yo soy la primera que salgo con mi desayuno, bajo al patio y me siento en mi rincón. Mi rincón está a las afueras del patio del recreo. Al lado de la casa del conserje. Me gusta estar allí porque nadie va y puedo ser yo misma. Pero claro, como no, los niños de mi clase vinieron y Carlos, sorprendentemente aunque no tanto, iba con ellos.

Raúl: Niñata.
Yo: Por favor, déjame en paz... No quiero peleas.
Carlos: ¿Peleas? -preguntó extrañado.
Simón: No nos vas a mandar estúpida. -me agarró del brazo y me estampó contra la pared dándome un fuerte golpe.
Carlos: Chicos...
Rafa: Observa. -se acercó a mi. Ahora estaba rodeada por los tres y Carlos estaba un poco alejado. Tenía miedo aunque sabía lo que me iban a hacer. Pero claro, Carlos se cree que no me sé defender sola.
Carlos: Chicos esto no os lleva a ninguna parte. No le hagáis nada. No creo que ella os haya pegado o algo. -de repente los chicos dejaron un pequeño hueco entre ellos y pude escapar.

Salí de allí corriendo y pensando en lo que había hecho Carlos por mi pero... ¿Por qué? ¿Pretende ser mi amigo? Me senté en las gradas de la pista de fútbol y me puse a llorar sin motivo alguno. Al poco, noté como alguien se sentaba a mi lado y me abrazaba. Me quité las manos de la cara para ver quien era y... ¿Lo adivináis?

Yo: Qué haces aquí.
Carlos: ¿Por qué te hacen daño?
Yo: Vete. Quiero estar sola.
Carlos: Yo me voy, pero dímelo.
Yo: ¿Es que no te das cuenta tú solo? Soy la gran ignorada de la clase. Me pegan y me insultan sin motivo alguno y encima no tengo amigos. Estoy sola. Pero disfruto de esa soledad. Ya llevo tanto sola que me he acostumbrado a esto. Tú eres nuevo aquí y entiendo que ahora no comprendas esto, pero créeme, mañana pasará lo mismo. Y así, día tras otro. -me levanté y me metí dentro del edificio directa a la biblioteca.

Llegué y cogí el primer libro que pillé. Uno corto, para pasar el rato. Alguien se volvió a sentar a mi lado. ¿Pero qué mierda quiere este ahora?

Yo: Qué.
Carlos: Quiero... -oh, no- Quiero ser tu amigo.
Yo: Esto...
Carlos: Sé que estas acostumbrada a esa soledad, pero confía en mi, te va a ir mejor con amigos.
Yo: Si me vas a soportar...
Carlos: Tenemos cosas en común.
Yo: ¿Como qué? -cerré el libro y lo aparté de mi lado para fijarme en él.
Carlos: Tú eres rubia, yo también. Te gustan los gorros, a mi también. Tu color favorito es el...
Yo: Amarillo. -dije completándole la frase.
Carlos: Pues a mi también me gusta. ¿Ves? Seremos buenos amigos. -me sonrió. Su sonrisa es... ¿Cómo decirlo? PERFECTA.
Yo: De acuerdo, serás mi amigo.
Carlos: Hay un problema. Aún no me dijiste nada sobre ti.
Yo: Pues mira me llamo ____, tengo 19 años, me gusta el amarillo, soy de Alicante también para tu sorpresa, amo las sudaderas anchas y bueno... No sé qué más.
Carlos: Pues ya tenemos más cosas en común. -me abrazó con una gran sonrisa. Yo le seguí el rollo y también le abracé pero pronto terminó ese abrazo- ¿Qué pasa?
Yo: Ellos... -dije señalando a Raúl, Simón y Rafa, que venían hacia aquí.
Rafa: ¡Anda! ¡La parejita feliz!
Carlos: Cierra el pico imbécil.
Yo: Yo me voy... -me levanté de la silla y cuando me di la vuelta ahí estaba él, Raúl.
Raúl: Toma asiento anda... -me senté, tan pegada a Carlos que podíamos susurrarnos sin problemas.
Yo: Tengo miedo...
Carlos: Según tú, siempre lo tienes...
Yo: Ya pero es que ahora que eres mi amigo no quiero que te pase nada... -noté cómo uno de los chicos me iba a tocar cuando sonó el timbre.

Bien. Salvados por la campana, nunca mejor dicho. Entramos todos a clase y Carlos se sentó a mi lado, justo como cuando entró. Ahora tocaba Religión, que era sinónimo de hacer lo que te de la gana en clase. Pasó la profesora y se sentó. Hale. Ya podemos hacer lo que queramos. Le expliqué lo que pasaba en esta clase a Carlos y lo entendió.

Carlos: Bien. ¿Y qué podemos hacer?
Yo: Lo que quieras. Eres nuevo. Elige. -se quedó pensativo.
Carlos: ¿Qué tal si me das tu número para quedar algún día.
Yo: Vale, ven.

Se acercó a mi y le cogí del brazo. Abrí mi estuche y saqué un rotulador negro. Le escribí mi número y le guiñé un ojo.

Carlos: Vaya, tienes experiencia dando números, ¿no?
Yo: No mucho. -dije entre risas.
Carlos: ¿De qué te ríes?
Yo: Es que tienes el pelo en la cara, el gorro te lo aplasta mucho, trae. -le quité el gorro, le peiné un poco con mi mano y se lo volví a poner. Me quedé mirando sus ojos verdes.
Carlos: Te gustan mis ojos, eh.
Yo: Mucho. Son verdes.
Carlos: Y si fueran amarillos... ¿Te gustarían?
Yo: Mucho más. -contesté riéndome dado que es imposible que alguien tenga los ojos amarillos.

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